La fortuna familiar
Don Gonzalo, el abuelo del licenciado ricachón, fue un gran colaborador del alcalde explotador del pueblito aquél. Allá en los tiempos que se tomaron las armas para la guerra él se alió al bando ganador antes que sus amigos fueran totalmente aniquilados.
Después del triunfo su premio fue otorgado, unas fértiles tierras al norte, las cuales son exhibidas por sus descendientes como fuente de riqueza.
Al principio preñaron la tierra de semillas que luego dieron frutos. Los vendían en el mercado y con el tiempo comenzaron a enviarlos a otros pueblos cercanos.
El negocio se hizo muy prospero y su vida se hizo opulencia. Compraron más territorio y en su casa no faltaba la riqueza en cada rincón. Un escultura costosa, unas pinturas costosísimas, los mejores muebles del lugar y los mejores medios de transporte.
El respeto por los descendientes de Don Gonzalo crecía con su fortuna y si antes tomaron las armas para encaramar en la cabeza de la alcaldía al señor explotador, hoy a fuerza de billetes imponen su candidato en las democráticas elecciones para que defienda sus intereses.
Tanto es su influencia que varios militares trabajan para ellos. Los hay de todos los rangos desde los subalternos hasta los más encaramados y todos defienden la seriedad de los descendientes de Don Gonzalo.
Una vez me topé con Juana, una señora de aquella época cuando se tomaron las armas y que todos tildan de loca, se sentó en el mismo banco que yo en el parque con su aspecto desaliñado y descuidado y el olor a sus desperdicios físicos aromatizando la escena. –Usted ve a los nietos de Don Gonzalo, tan sanos y tan buenos. Ellos siguen el negocio del abuelo. Lo único que ayer eran armas, alcohol y putas lo que traficaban; ahora son las mismas armas, las putas y en vez de alcohol muuuucha droga- Me dijo.